La Iglesia vive entre pecadores y está conformada por ellos,
sin embargo, ésta no debe imitar el pecado más que dar testimonio; debe vencer
el mal “a fuerza de bien” (Rom 12,21) pues no puede santificarse allá donde “no hay más necesidad”: entre los justos, al menos no tanta. Estamos “en el mundo” pero no
somos de él. Venimos a implantar un nuevo reino: el reino del AMOR
esencialmente.
¿Qué quiero decir con todo esto que de alguna manera ya hemos
escuchado alguna vez?
Quiero, esencialmente, rescatar este rasgo que se me hace
algo muy importante y primordial para la vida, no sólo de los consagrados, sino
de todo aquél que se declare cristiano, más aun, católico.
Ahora más que nunca se hace más necesaria esta entrega, esta
presencia, este gesto, este testimonio que quiere y necesita mucho la gente ver
comenzando desde el mismo seno “familiar” de la Iglesia. Se trata, nada más y
nada menos de esta “gran virtud”: La MISERICORDIA. Y digo esta “gran virtud”
porque no cualquiera es capaz sólo aquél que lo “ha experimentado”, pero quien
sea capaz de aplicarla siempre que pueda, verá sus grandes beneficios, sus
muchas conversiones porque se trata más que nada de un “testimonio” de amor
desde la propia vida pues somos (o deberíamos) ser ejemplo e imitación de Dios
Padre amoroso; de un padre incluyente más que excluyente.
El mundo sufre por el pecado sí, pero ¿qué peor pecado que la
Indiferencia, el rechazo del hermano que en su momento no se siente
identificado con él? ¿Quién es peor, el orgulloso o el pecador? Todos somos
pecadores pero el peor pecado es el desamor (Lc 18, 9-14).
Así, en la misericordia (amor) de Dios, las caídas (el pecado
-que de hecho muchas de ellas no pudiéramos evitar por diversas circunstancias-),
no deberían “doler” tanto cuando se está ante un Dios Padre “todo amor” e,
imitando su ejemplo, no deberían doler cuando se está ante una comunidad
solidaria, servicial, respetuosa, comprensiva, atenta a las necesidades de los
demás… en pocas palabras, aquella que AMA; acoge más que critica y excluye.
¿Qué peor miseria o pecado que la incomprensión del otro? Peor pecador es aquél que “no tiene amor”.
El amor que genera siempre “acogida” más que rechazo, lo dice TODO. Desde
nuestra actitud se revela nuestra entrega (amor): “Tenían un solo corazón y una
sola alma”. Hasta los paganos decían: Mira cómo se aman (acogen). Este es el
elogio mayor que puede recibir una comunidad cristiana. (Hech 4,32-37)
“Señor, <<¿Cuántas veces debo perdonar las ofensas que
me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?>> Le respondió Jesús: <> (Mt 18,21).
Y no se trata de “ser barcos” más que de generar actitudes de
cambio mediante el amor; se trata de “aprender” en la vida, de tener la
capacidad y humildad para “aceptar” lo que se ha fallado; de ser con ello más
fuertes, amorosos y comprensivos. Esta es la recompensa de Dios: "Rápido. Traigan el mejor traje y vístanle [...] traigan el
becerro más gordo, comamos y celebremos" (Lc 15, 22-23). De ahí que, nadie comprende mejor al hambriento que quien lo
ha padecido; ni nadie sabrá lo grandioso del amor del Padre con más energía que
aquél “que ha experimentado tal amor (acogida)” o, como el mismo San Agustín,
pecador por excelencia, llegó a manifestar un día: “donde abundó el pecado,
sobreabundó la gracia”, precisamente porque sabía (el pecador) “que no lo
merecía” y, aun así, recibió tal gracia ¿Qué más grande amor que éste?
¿Aprenderemos algún día a amar (acoger) nosotros de igual manera? Sólo los (que
se sienten) amados aman en plenitud y éstos serán más precisamente aquellos que
estén “más cerca” del amor de Dios.
Sólo se demuestra perdón a aquél que demuestra verdadero
“arrepentimiento (aprendizaje) de corazón”. Pero aun así, el Padre no se cansa
de “esperar” (acoger, abrazar) nunca cual una madre con su hijo simple y
sencillamente por ser éste su hijo (a).
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